| Ética, justicia y armonía con la naturaleza |
La lucha entre el autoritarismo y una visión
libertaria del mundo es tan real hoy como lo fue en la
China del siglo VI aC., cuando el utilitarismo de
Confucio para dominar y regular la naturaleza y la
sociedad se enfrentó con la creencia taoísta de que
todos podían convivir en armonía y espontaneidad. Al
igual que los budistas, la visión holística del
universo del Taoísmo ofrecía un camino hacia la
iluminación espiritual y una guía para disfrutar una
vida apropiada, destacándose de la naturaleza
autoritaria y jerárquica del confucionismo y de otras
culturas y religiones menos eco-céntricas que
justificaron y condonaron la esclavización egoísta de
los animales y la naturaleza para sus propios fines.
Las actitudes y el trato que hemos acordado a los
animales han dependido de las limitaciones impuestas
por el condicionamiento cultural de la época, las
tradiciones, el grado de empatía imperante y el nivel
de evolución de la sociedad. Para muchas culturas, por
ejemplo, el hecho de comer perros es algo impensable,
mientras otros consideran a cualquier animal de
cualquier especie como un alimento potencial.
La función ambivalente de los animales como símbolos
totémicos y compañeros, se debió a la autoexclusión y
al alejamiento de la sociedad del mundo natural.
Siendo pocos quienes cuestionaran las consecuencias
morales y sociales de los malos tratos que les
infligían.
Desde las antiguas civilizaciones e imperios hasta la
era cristiana, la cultura occidental no ha modificado
de modo significativo su visión utilitarista de los
animales no humanos, valiéndose de las diferencias y
similitudes entre las especies para seguir
justificando su explotación y mantener el estado
servil de los animales como bienes y herramientas,
función que le han asignado los intereses creados con
el beneplácito de la sociedad.
Los animales han llenado y ensuciado nuestros
estómagos y cuerpos, nuestros pensamientos e incluso
nuestra imaginación, y hemos recompensado su
afectividad incondicional con la traición y el
rechazo. Han inspirado los dioses y demonios a quienes
las sociedades humanas suplicaban pidiendo su
intervención divina, mientras la acusación de encarnar
al demonio les convertía en blanco de las iras y los
ataques de la religión y el populacho. Han sido
sacralizados y temidos, adorados y odiados, venerados
o masacrados, idolatrados o devorados, considerados
limpios, impuros y apestados, sagrados o vulgares.
Hace 25 siglos, Pitágoras, fundador de una orden
comunal religiosa, ascética y vegetariana, exponía así
los argumentos en defensa de los animales y en contra
de la mitología del consumo de carne para acabar con
la crueldad y corregir los errores de sus
contemporáneos. Sin embargo, la ignorancia, la
tradición y el egoísmo característicos de la cultura
de la carne se anteponen a la justicia y el sentido
común, condenando a millones de seres sensibles a una
corta y miserable existencia, mientras nuestra propia
salud y calidad de vida se ven amenazadas por las
enfermedades, el vacío espiritual y los conflictos
sociales que genera la gratificación autodestructiva
que no tiene en cuenta los intereses ni la libertad de
los demás.
¿Cuál sería la posible justificación de cualquier
forma de explotación animal? ¿Quién puede ver morir a
la víctima inocente de una corrida de toros u otro
espectáculo sangriento de heridas infligidas
deliberadamente y considerarse aún civilizado? ¿Qué
validez tienen las creencias religiosas que califican
a otros animales como seres inferiores? ¿Cómo podemos
aceptar que un animal pierda su vida para comer su
carne, y hablar de vida sana? ¿Cuál es la lógica de
herir intencionadamente a los demás y esperar que
otros nos ayuden a superar el dolor y la enfermedad?
¿Somos realmente más atractivos usando cosméticos que
contienen subproductos del matadero y substancias
probadas en animales? ¿Por qué hablamos de necesidades
cuando sentimos deseos?
Las respuestas a estas preguntas muestran que nuestros
sentimientos son el reflejo de nuestra propia
evolución y determinan nuestro estado de salud física
y emocional; que el causar daño no aporta beneficios
ni alegría; que la belleza interior está por encima
del aspecto físico; que la compasión tiene sus
recompensas, nos dignifica y nos hace ser mejores; que
la plenitud espiritual surge del amor y la compasión;
y que es esencial descubrir nuestras raíces y
verdadera naturaleza humana para distinguir nuestras
afinidades y necesidades vitales de los deseos o
costumbres malsanas que dañan nuestro equilibrio
físico y espiritual.
La razón, que ejemplificaba Sócrates, era el camino a
la felicidad humana que permitió el nacimiento del
Humanismo.
A pesar de nuestro origen común y nuestra estrecha
relación con los animales no humanos que todavía viven
principalmente guiados por sus instintos, la obsesión
de las clases dominantes con la explotación de los
animales y otros seres humanos, que implica la
dependencia, la degradación y el sufrimiento de los
menos afortunados, con todos los medios a su alcance y
justificaciones posibles, muestra el grado de
alejamiento de los principios que deben regir nuestro
comportamiento como animales frugívoros -adaptados
idealmente para alimentarnos de frutas y plantas-, y
la ceguera ética de los consumidores que mantiene a
buena parte de la humanidad y a sus papilas gustativas
rehenes de una herencia cruel e irracional que se
manifiesta a través de la intransigencia religiosa y
otras ideologías que priman la exaltación de una
diferencia étnica o racial sobre los intereses y la
integridad de los demás, mediante reglas artificiales
que fomentan el culto al egoísmo y afianzan la tiranía
que ejerce el ser humano sobre la vida del planeta y
los más débiles a través del consumo de carne, que
simbólicamente condiciona su falsa supremacía.
Comer carne ha dependido históricamente de las
costumbres y tradiciones religiosas transmitidas y
asumidas como propias, que surgieron de la visión
racionalista antropocéntrica y jerárquica del mundo
que promulgaron pensadores como Aristóteles y
Descartes, que creían en la dependencia antinatural de
otros seres vivos para alimentar, vestir y satisfacer
otras supuestas necesidades humanas, como garantía de
supervivencia de nuestra civilización. Con el
propósito utilitarista de alargar y hacer la vida más
segura y agradable, en contra de los intereses de
otras especies y de la propia salud y el verdadero
bienestar humano.
Si la ética es fruto de la inteligencia y la
sensibilidad, y la compasión es el impulso que nos
hace humanos, el derecho a la vida, la salud y la
libertad no pueden ser conceptos arbitrarios que
priven a otros de los valores que defendemos, ni
consentir la explotación injusta e innecesaria de los
seres vivos impuesta con una escala de valores basada
en la fuerza de la complicidad de los demás. Sin
embargo, las exigencias de una economía global que
prima y fomenta la desigualdad asignando un valor
monetario a la naturaleza sin limitaciones, nos acerca
peligrosamente a los límites sostenibles del planeta,
amenazado por un consumismo irresponsable basado en
satisfacer las falsas necesidades de una sociedad que
todo lo devora.
La historia de la humanidad refleja claramente que los
errores éticos y dietéticos, consecuencia de la visión
antropocéntrica histórica y contemporánea, fueron y
son la fuente principal de las miserias humanas que
han acompañado el falso progreso que limita nuestra
propia evolución, manteniendo un desequilibrio vital,
que nos separa de la naturaleza y de los demás,
mediante divisiones egoístas y arbitrarias de orden
religioso, económico y social que estigmatizan,
condicionan y modifican el desarrollo natural de
nuestra propia entidad, privándonos de la salud y
apartándonos de nuestra propia naturaleza y de las
verdaderas metas y enseñanzas de los grandes profetas
y maestros: Buda, Confucio, Lao Tse, Jesús de Nazaret,
Mahoma o Sócrates, cuya influencia en la humanidad y
en nuestras creencias religiosas y espirituales es aún
determinante, a pesar de haber convertido a Dios en un
comodín que sirve tanto para justificar la barbarie
como la generosidad.
Santo Tomás de Aquino, intérprete del cristianismo en
la época medieval, creía que los cerdos
(principalmente porque ocasionaban conflictos
deambulando de un lado a otro buscando comida entre la
basura), los burros, caballos, cabras, delfines,
gallos, gatos, lobos y ovejas entre otros, estaban
poseídos por los malos espíritus y carecían de alma.
Siendo juzgados físicamente en toda Europa y en las
colonias americanas durante 12 siglos por haber
causado y cometido supuestos daños y delitos,
sufriendo mutilaciones y quemaduras, además de la
degradación pública y la tortura, y de ser enterrados
vivos y estrangulados con el beneplácito de la Summa
Teológica de Aquino, que proclamaba que los animales
podían ser legítimamente maldecidos como satélites de
Satán por estar poseídos por las fuerzas del infierno.
Santo Tomás pensaba que pertenecíamos a Dios por haber
sido creados por él, y era por lo tanto un pecado
contra Dios matar a un ser humano, de igual modo que
matar un esclavo era un pecado contra su amo. Mientras
que no existía ninguna restricción a la matanza de
animales, a menos que pertenecieran a otro. Según
Génesis I, 29 y IX, 1-3, Dios creó al hombre y nos
confió el dominio sobre los pájaros, los peces y los
animales, una declaración incontrastable que sacraliza
la explotación de los animales y atenta flagrantemente
contra sus legítimos derechos e intereses.
Las grandes civilizaciones se han desarrollado y han
desaparecido por la inestabilidad y falta de
coherencia de los principios que las sustentan y
autodestruyen. La correlación entre las ideas más
nobles y la consiguiente corrupción ética y moral de
quienes se las apropian ofreciéndose interesadamente
para apoyarlas en beneficio propio, es la semilla de
los mitos y dogmas que surgen de la ignorancia y la
codicia alimentada por el materialismo desenfrenado de
una sociedad de consumo hipócrita en clara regresión
social y espiritual, incapaz de afrontar el caos
medioambiental y la violencia que generan los
criterios arbitrarios establecidos para ejercer e
imponer un férreo control sobre la vida, definiendo y
promoviendo unas falsas prioridades, valores e
intereses relativos que impiden la adopción de
soluciones viables a los problemas vitales del planeta
para no alterar el equilibrio político -religioso que
defiende y mantiene unos privilegios y creencias
carentes de solidaridad, fuente de conflictos y
guerras, que permiten la explotación injusta e
insostenible de la vida del planeta y los recursos
naturales, en aras y a causa de un fundamentalismo
dietético basado en la depredación de las especies y
los recursos naturales de un antropocentrismo clasista
y especista generalizado a nivel mundial, que enfrenta
a unos contra otros haciendo imposible la convivencia
pacífica y la defensa de los legítimos intereses
comunes de los seres vivos.
A juicio del sociólogo, etnólogo y antropólogo Claude
Lévi-Strauss, nuestra civilización está amenazada por
la demografía, la industrialización irresponsable del
planeta y la desertización de inmensos territorios
vírgenes. Desastres como la desaparición de especies
animales y vegetales, lenguas y culturas que, como
consecuencia del comportamiento humano, representan un
inmenso drama contemporáneo y un proceso histórico
devastador, ya que los derechos de la humanidad entera
pierden su validez en el momento en que el ser humano
pone en peligro la existencia de otras especies, y
considera urgente el reconocimiento y la defensa del
derecho a la vida de todas las culturas, y de las
especies animales y vegetales que deben desarrollarse
libremente para evitar el vacío irreparable que causa
la desaparición de una sola especie en el conjunto de
toda la creación.
La falta de compresión histórica del significado y el
verdadero valor de otros organismos vivos, unidos
inseparablemente con nuestros biorritmos y nuestra
supervivencia, ha llevado al ser humano a considerar a
los demás animales como una fuente inagotable de carne
u otros productos comerciales, o como material
genético para clonar la vida y manipularla a su
antojo, buscando incrementar sus beneficios. La
compra-venta y explotación, así como la matanza
generalizada de animales y el comercio de sus
despojos, no sólo refleja una grave pérdida del
sentido de la ética y la estética, sino el ejercicio
de un dominio aberrante del ser humano sobre otros
seres considerados inferiores, sin ninguna base ética
o biológica que justifique la sacralización de la vida
humana ni la esclavitud de los animales no humanos,
que a pesar de su complejidad biológica y su alto
nivel evolutivo, son condenados a un hacinamiento
cruel, a sufrir y morir para satisfacer las frívolas
apetencias, caprichos y costumbres gastronómicas de
una sociedad insensata que basa el progreso de la
humanidad en el aumento del consumo de proteína animal
y el número de hospitales destinados a tratar en gran
medida a las víctimas que sufren las consecuencias de
una alimentación inadecuada, reflejo de un estilo de
vida que no tiene en cuenta los vínculos y afinidades
que nos unen a la naturaleza.
La visión aparentemente utópica de un planeta sin
mataderos ni las terribles enfermedades nutricionales
causadas por una fascinación culinaria incestuosa con
otras formas de vida, transgrediendo las leyes
biológicas más elementales para convertir sus despojos
en productos peligrosos para la salud a costa del
sufrimiento y la explotación industrial y cruel de
otros seres sensibles, además de una amenaza para la
biodiversidad del planeta puede parecer una
perspectiva más lejana que probable, sin embargo, la
única opción clara del tercer milenio para atajar las
hambrunas, los desastres ecológicos y los conflictos
sociales que se ciernen sobre nuestro entorno vital,
es la adopción de un modelo de convivencia ética
sostenible en armonía con los demás seres vivos,
basado en el consumo responsable y el respeto a la
vida, que permita el bienestar, el equilibrio afectivo
y espiritual humano y la satisfacción de nuestras
verdaderas necesidades fisiológicas sin condicionar
artificialmente la evolución ni la naturaleza de otras
especies u organismos manipulados y esclavizados
genética o injustamente, víctimas de dogmas y
fundamentalismos que nos impiden aplicar la ética y
los principios esenciales de racionalidad, solidaridad
y justicia -que deben caracterizar a la condición
humana- a quienes comparten el medio vital del que
todos dependemos.
Para frenar los estragos de la civilización y corregir
los errores y excesos de una sociedad de consumo
enfrentada a las enfermedades, los conflictos
sociales, las guerras y las catástrofes ecológicas, es
necesario adoptar una ética universal de respeto a la
vida fomentando el estudio y el respeto por los
animales y la naturaleza en las nuevas generaciones,
con criterios humanitarios, como una extensión de los
derechos civiles, la libertad de expresión y los
derechos naturales de los seres humanos, y cuestionar
cualquier forma de explotación animal, dentro de una
profunda reevaluación de los valores éticos y
religiosos que condicionan nuestro comportamiento.
Para garantizar a todos los seres sensibles los
derechos legales esenciales que les proteja del
maltrato y la crueldad dando valor y sentido a sus
vidas.
Francisco Martín,
El gran error de toda ética ha sido, hasta ahora, el
de creer que debe ocuparse sólo de la relación del
hombre con el hombre.
Albert Schweitzer
La relación histórica del ser humano con los animales
«Mientras el hombre destruya sin piedad a los seres
vivos, no conocerá la salud ni la paz. Mientras los
hombres masacren a los animales, se matarán los unos a
los otros. En verdad, quien siembra las semillas del
crimen y el dolor no puede cosechar alegría y amor.»
Ética, dietética y religión
La anatomía comparada ha demostrado que el hombre no
es carnívoro, sino frugívoro, en su estructura
natural, y la experiencia ha demostrado que la
alimentación a base de carne es totalmente innecesaria
para sustentar una vida saludable.
Henry S. Salt
La depredación humana y la crisis ambiental
Por un futuro en armonía con la naturaleza
Para la mayoría de las personas pertenecientes a
sociedades modernas y urbanizadas, la principal forma
de contacto con los animales se da a la hora de las
comidas.
Peter Singer
Presidente de la Asociación Vegana Española (AVE) -
Volver
atrás