Las vacas locas y la leche

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(ver también el nuevo artículo actualizado -febrero 2001- Vacas cuerdas, hombres locos)

La explotación de la vaca

La vaca, es un noble animal herbívoro explotado por su carne, leche y piel, cuyo bienestar, igual que sucede con el toro, no causa gran preocupación en un país oficialmente tauricida. Una "res", a pesar del apelativo -al igual que otros seres domesticados o esclavizados que sufren y sienten-, no es una "cosa" o mera mercancía predestinada a satisfacer los aberrantes hábitos dietéticos humanos, sino un animal sensible y pacífico que merece nuestro mayor respeto y compasión, cuya esperanza de vida de más de veinte años se ve cruelmente frustrada y truncada al acabar sus breves días de existencia en un macabro y dantesco matadero a la edad de tres o cuatro años, debilitada y destrozada por las múltiples enfermedades causadas por la hostilidad del medio en que subsiste a base de antibióticos y hormonas, y una alimentación antinatural inadecuada a sus necesidades psíquicas y fisiológicas. Forzada por la insensatez y la avaricia humana a consumir piensos con restos triturados de los cadáveres infectados de sus propios congéneres, la vaca, convertida en caníbal, es sólo un reflejo distorsionado y patético de su verdadera naturaleza.

Estadísticamente, España es, después de Dinamarca, el mayor consumidor de carne per cápita de Europa y, sin embargo, donde menos carne de vaca se consume (12,45 kg/hab./año), detrás de Portugal (16,4 kg) y muy lejos de Francia (27,8 kg), que es el mayor consumidor. En la Unión Europea hay más de ochenta y un millones de vacas, de las que se obtienen unos ocho millones de Tm de carne al año, cuyo consumo está relacionado con gran número de enfermedades cardiovasculares e infecciosas que afectan al ser humano. El censo de vacas lecheras en nuestro país es inferior al millón y medio de animales, reunidas en 150.000 explotaciones lecheras o ganaderas que producen unos seis millones de Tm de leche, con una densidad media de unas diez vacas por explotación, cuyo rendimiento individual anual es de 4.200 kilos (1.000 más que en 1984).

Las vacas pertenecen a la familia de rumiantes llamados bóvidos y cuentan con un sistema digestivo muy especializado que les ayuda a asimilar grandes cantidades de celulosa, pero los piensos y forrajes concentrados que reciben frustran su instinto natural. Su ciclo reproductor empieza a partir de los quince meses de edad y antes de cumplir dos años comienzan los penosos partos que duran toda su vida. Después de algo más de nueve meses de gestación (280 días) lo habitual es que sólo nazca un ternero, que aunque empiece a mordisquear hierba al poco tiempo, en condiciones normales, sería amamantado durante unos seis meses por su madre, quien se iría secando gradualmente al aumentar el interés de su cría por la comida sólida, lo que le permitiría un período de descanso de cuatro meses antes del parto siguiente. Sin embargo, los fuertes vínculos emocionales entre ambos se rompen a los tres días del parto, cuando son traumáticamente separados, privando a la madre de su cría y al ternero de su alimento natural. La madre, que tarda en recuperarse de su pérdida, será sistemáticamente ordeñada dos o tres veces al día, e incluso durante los meses de su nuevo período de gestación.

Al contrario de lo que sucede con las ovejas y los cerdos, en vez de fomentar el nacimiento de gemelos en las vacas, se ha desarrollado el transplante de embriones. Las vacas de más valor son casi siempre inseminadas artificialmente, y mientras el embrión es aún pequeño se transfiere a una vaca nodriza de menor valor, pudiendo ser inseminada de nuevo la vaca original antes de lo que hubiera sido posible completando el periodo de gestación normal. Actualmente se inyecta a las vacas una hormona que estimula la superovulación (la producción de más óvulos de los que produce normalmente). Habitualmente se recogen seis embriones de cada vaca en un período de ocho semanas, desde la edad de quince meses. Otra técnica que se emplea es la división del embrión en el laboratorio para insertar las dos mitades a dos madres diferentes que producirán gemelos idénticos. Sin embargo, el interés principal de los granjeros se centra en la fertilidad, y en que la vaca pueda parir cuando más convenga a sus intereses, para seguir produciendo leche, con la ayuda de un mayor aporte de alimentos concentrados, durante el período de diez meses y medio de lactancia, con sólo un descanso de seis a ocho semanas antes del parto siguiente.

Algunas personas aún creen que las vacas "dan" leche del mismo modo que el agua sale del grifo, siendo incapaces de comprender que las vacas tienen que parir una vez al año para seguir produciendo leche. Finalmente, cuando desciende su productividad y dejan de ser rentables, se envían, igual que otros animales considerados comestibles, al matadero para transformar sus despojos en las populares hamburguesas y salchichas baratas, cuya carne es la más susceptible de estar contaminada por el virus o prión causante de la enfermedad de las vacas locas.
 

Las vacas locas

La creciente preocupación por la enfermedad de las vacas locas o encefalopatía espongiforme bovina (EEB), una enfermedad degenerativa y siempre fatal del sistema nervioso central de las vacas que afecta mayormente a las vacas lecheras, y su equivalente humana conocida como enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (ECJ), que se caracterizan por la destrucción paulatina de la médula espinal y el cerebro -que presenta alteraciones en forma de esponja al ser examinado al microscopio-, ha convulsionado los hábitos alimenticios de millones de personas que por primera vez empiezan a cuestionar la hipocresía de los mensajes tranquilizadores de políticos y ganaderos -carentes de credibilidad-, conscientes, quizá por primera vez, de la proliferación de substancias peligrosas, legales e ilegales, en las explotaciones ganaderas, entre las que se encuentran: antibióticos, hormonas, y piensos deliberadamente preparados con harinas de carne y de huesos, destinados a formar parte de la alimentación de animales herbívoros, con graves y trágicas consecuencias para todos: los animales, los seres humanos y el medio ambiente. Según se ha podido determinar estos productos contaminantes son el vehículo ideal de enfermedades e infecciones tan fatalmente peligrosas como la encefalopatía espongiforme bovina (EEB), producida por el virus o prión mortal mutado procedente de los despojos de ovejas enfermas de escrapia que se añaden al pienso de las vacas -junto con otros desechos animales-, con tan imprevisibles consecuencias que quizá sólo representen un anticipo de la factura que todos tendremos que pagar por condenar y someter a millones de seres sensibles a una vida corta y antinatural llena de privaciones y sufrimientos totalmente injustificados y carentes de ética.

Una triste realidad, no virtual

Entre 1981 y 1988 se calcula que se consumieron alrededor de 675.000 vacas infectadas con el mal de las vacas locas antes de manifestarse los síntomas de la enfermedad. Actualmente se pueden estar consumiendo partes infectadas de animales, y quizá hasta la misma carne y la leche que hoy se consideran libres del virus mortal pueden estar infectadas.

El profesor de microbiología Richard Lacey, cree que la causa más probable de las vacas locas es el canibalismo al que se han visto sometidas las vacas, extendiéndose posteriormente entre ellas y los terneros. Con referencia al consumo de leche dijo que, si bien el riesgo de consumir leche de animales infectados parece ser menor que el de consumir carne, el riesgo de infección de la leche no es nulo.

Paul Brown, del Instituto Nacional de la Salud de EEUU, ha señalado también en la Revista Médica Británica la inquietante posibilidad de que el prión causante de la EEB pueda igualmente transmitirse a los seres humanos a través de los cerdos y pollos alimentados con piensos infectados.

En Gran Bretaña se han destruido más de ciento sesenta mil vacas desde que se confirmó la existencia del virus, cuyo período de incubación hasta la manifestación de los síntomas de la enfermedad puede ser de tres a seis años. Como la matanza de las vacas destinadas para carne tiene lugar a menudo antes de los dos años, y el de las vacas lecheras entre los cuatro y los seis años, se puede decir que se comercializa la carne de muchos animales mucho antes de la aparición de los síntomas clínicos de la enfermedad. De los datos facilitados por el Gobierno británico se deduce que cada semana se consumen alrededor de 800 animales infectados en el Reino Unido. Richard Lacey estima que más de cincuenta mil toneladas de carne infectada, que debieron haberse retirado de la cadena alimentaria, han sido ya consumidos.

En el Reino Unido se contabilizaron oficialmente 55 casos de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob en 1995 (el doble que en 1985), pero como no es obligatoria su notificación, algunas estimaciones llegan hasta los 2.000 casos anuales. Hasta ahora, entre la quincena de personas menores de cuarenta años que se cree han contraído la enfermedad al consumir la carne de vacas infectadas, tres de los ya fallecidos trabajaban en granjas y uno en un matadero. Otra joven de dieciséis años que comía habitualmente hamburguesas y carne de vaca, tomó también un plato de sesos de vaca en Chipre en 1989, mientras que otra víctima, un joven de 18 años fallecido el año pasado -que bebía leche sin pasterizar-, estuvo visitando anualmente la granja lechera de su tía durante ocho años. El neurólogo Peter Behan, miembro del Instituto de Ciencias Neurológicas de Glasgow, que atiende a la última víctima de la enfermedad humana de Creutzfeldt-Jakob (ECJ) -una joven de quince años de edad muy aficionada a las hamburguesas-, considera que hay millones de personas susceptibles de desarrollar la enfermedad de las vacas locas porque cree que hay muchísima gente que ha consumido carne infectada a lo largo de los últimos años.

El Gobierno británico, que prevé realizar una gran masacre de vacas mayores de treinta meses (reminiscente de algún castigo bíblico), está igualmente llevando a cabo la matanza e incineración de 42.000 vacas, menores de treinta meses, también sospechosas de estar infectadas con la enfermedad de EEB.

El portavoz de Agricultura laborista, Gavin Strang, sostiene que es la alimentación con productos infectados y no la posibilidad de que las madres contagien la enfermedad a sus crías la causante de que persista la EEB entre la cabaña vacuna británica y ha pedido al Gobierno una investigación que aclare la alimentación que se proporciona a los animales para determinar si continúan siendo alimentados con piensos que contienen restos de cadáveres infectados, ya que, según manifestó, en los primeros tres meses del año dos tercios de las vacas diagnosticadas con EEB habían nacido después de que entrara en vigor la prohibición de incluir productos animales en los piensos.

Mientras el Gobierno y el Sindicato Nacional de Ganaderos británico exigen a la Unión Europea el levantamiento del boicot de la carne de vaca y los derivados cárnicos: gelatina, sebo y semen -que han decretado más de cuarenta países para controlar la epidemia-, la detección de un caso de EEB en el condado de Cork (sur de Irlanda), confirmado por las autoridades sanitarias irlandesas, motivó la destrucción de las 183 vacas del rebaño. En Irlanda, el país más afectado por la EEB, después de Suiza, se han detectado 125 casos de enfermedad de vacas locas, que han llevado prematuramente a la muerte a 16.700 animales.

A raíz de las investigaciones sobre las posibles vías de transmisión de las encefalopatías EEB/ECJ, dos hospitales de Zurich admitieron haber vendido placentas humanas a los productores de piensos durante veinte años. Regula Vogel, jefe del Departamento de Medicina Veterinaria de Zurich, puso inmediatamente fin a esta práctica comentando, sin embargo, que nunca había sido ilegal.

En España, donde se registran una media anual de 25 casos de personas afectadas por la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, a pesar de no haberse establecido aún su relación con el consumo de carne de vaca, un estudio de Sanidad relativo a 56 casos detectados de enfermos de ECJ, indica que entre los casos descubiertos había personal sanitario, un ganadero, un procesador de carne y tres personas que comieron frecuentemente ojos y cerebro de animales. Fuentes de esta investigación manifestaron que la falta de autopsias y comunicación de nuevos enfermos no permiten descartar totalmente la existencia en España de casos semejantes a los británicos. A una mujer de cincuenta y seis años fallecida en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, con síntomas de la enfermedad, según manifestó la directora del Centro, no le fue practicada la autopsia, que deseaban sus familiares, por no tener el hospital una línea de investigación en esta enfermedad tan infrecuente. En otro caso de un hombre de sesenta y tres años que falleció el 29 de abril en Valencia, afectado por una encefalopatía subaguda, la Consellería de Sanidad, tras detectarse en la necropsia la existencia de un elemento infecto-contagioso, ordenó su incineración sin contar con la autorización familiar.

La vía láctea

"Quienes se lamentan de la barbarie que procede de la barbarie, son como los que desean comer ternera sin matar al ternero. Están dispuestos a comerse al ternero, pero les desagrada ver la sangre. Se contentan fácilmente con que el carnicero se lave las manos antes de pesar la carne"

Bertolt Brecht
"Escribiendo la verdad: Cinco dificultades"

Quienes creen que se puede beber leche sin matar al ternero, no son conscientes que, si bien matar es malo, peor es hacer daño y luego matar, y lo peor de todo es hacer daño, continuar haciendo daño y, sin embargo, no matar. Algunos dolores llegan a ser tan insoportables que pueden hacer que el matar parezca casi un acto compasivo y, sin embargo, seguimos ignorando el enorme dolor, el sufrimiento y la separación traumática que padecen las vacas y sus crías en los sistemas intensivos para producir la carne o la leche destinada al consumo humano, en medio de unas condiciones de hacinamiento y privación, psíquica y físicamente intolerables, que incluyen también la administración regular de corticoides, antibióticos, y hormonas (estrógenos) para garantizar un engorde rápido. Algunos animales se crían como sementales y pasan sus tristes días estabulados en compartimentos solitarios para servir, como agentes involuntarios -en el 75 % de los casos sin contacto físico alguno-, a la inseminación artificial de las vacas. Una cuarta parte de los terneros separados forzosamente de sus madres al nacer se destinan a la producción de leche, mientras los demás -explotados para satisfacer la demanda de carne de ternera blanca- son obligados a permanecer en la oscuridad de un cobertizo cerca de seis meses, privados del contacto de su madre o de sus semejantes y alejados de la hierba y del sol, en estrechos cajones de madera, o compartimentos individuales donde no pueden siquiera tumbarse cómodamente ni realizar cualquier tipo de movimiento, con la cabeza sujeta y pegada a un abrevadero que en vez de agua contiene un líquido artificial desprovisto de hierro y sales minerales, compuesto sólo de leche desnatada reconstituida, sin ningún alimento sólido, paja o fibra -elementos esenciales para su bienestar psíquico y fisiológico-, con el fin de obtener una carne enferma apreciada por gourmets de paladares insensibles e ignorantes. La producción de ternera blanca en Francia, Italia y los Países Bajos es muy superior a la española, que está en declive; Castilla y León, Galicia y Aragón son las principales regiones abastecedoras.

Antiguamente, antes del inicio de la agricultura intensiva y de la introducción de los piensos y forrajes concentrados en la alimentación de las vacas, los granjeros que no podían mantener vivas a muchas vacas durante el invierno -debido principalmente a la escasa demanda de leche líquida que había-, organizaban cada año al final del otoño grandes matanzas que hacían bajar el precio de la carne. Los granjeros utilizaban la leche para hacer mantequilla y queso, pero el instinto que aún tenían las madres entonces -con abundante leche para amamantar a sus crías-, les hacía rechazar y considerar la leche de vaca como un alimento totalmente inadecuado para sus crías, que en caso de perder a sus madres eran amamantadas por madres nodrizas.

Esta situación fue cambiando gradualmente a partir de finales del siglo XVIII, cuando los doctores empezaron a recomendar preferentemente la leche de vaca en detrimento de la leche humana aportada por madres nodrizas, que a menudo eran causa de conflictos en el hogar. Al comprobar las madres que sus crías crecían más y más rápido, y sobre todo que a sus bebés no les salían cuernos ni cola como a las vacas, se fue debilitando su oposición instintiva inicial a adoptar la leche de un animal de otra especie, naciendo así una industria que depende para su éxito comercial de la manipulación y degeneración física de las vacas, que han pasado de tener 3 litros de leche al día para uso exclusivo de su cría, a producir 30 litros diarios, llegando a pesar su ubre llena hasta 50 kilos. Por lo que no es de extrañar que el 20% de las vacas lecheras estén cojas, o que el 25% sufran infecciones como laminitis o mastitis, debido a las condiciones hostiles y antinaturales del medio en el que se encuentran (que hacen que la leche contenga una cierta cantidad de sangre y pus). La esperanza de vida de la vaca se ve así sensiblemente reducida a causa del desgaste de las enfermedades que padece (36%), la baja productividad (28%), o su incapacidad reproductiva (36%), y es destinada a morir prematuramente en el matadero a partir de la edad de tres o cuatro años.

La leche de vaca y la diabetes

La diabetes juvenil es una enfermedad que aflige a millones de personas. El problema se basa en que el sistema inmunológico del cuerpo ataca y destruye las células productoras de insulina en el páncreas, dejando a nuestro organismo incapacitado sin insulina para convertir el azúcar en energía. Los diabéticos corren un alto riesgo de ceguera, fallos renales y enfermedades coronarias, incluso cuando reciben inyecciones de insulina diarias. ¿Pero qué agente produce esta anomalía del sistema inmunológico?

Un estudio de la Revista de Medicina de Nueva Inglaterra identifica a la leche como elemento responsable, o factor desencadenante en algunas personas genéticamente sensibles, en lo que parece ser un extraño caso de identificación errónea. Los doctores descubrieron que los diabéticos tenían unos niveles de anticuerpos más altos de lo normal que reaccionan con una proteína de la leche llamada suero de albúmina bovina, atacándola como invasora y destruyéndola. Por una fatal coincidencia, una sección de esta proteína es casi idéntica a una proteína de la superficie de las células productoras de insulina, por lo cual, según esta teoría, la gente sensibilizada a esta proteína también lo está a sus propias células, causando así su auto-destrucción. Aunque puedan existir otros factores genéticos, medioambientales, químicos, etc., la eliminación de la leche de la dieta infantil podría disminuir dramáticamente la incidencia devastadora de este tipo de diabetes.

La leche: ¿un alimento natural?

La engañosa publicidad y el tópico concepto occidental de la leche como algo esencial y sano, hacen que mucha gente se quede perpleja al descubrir que la gran mayoría de los seres humanos no beben ni usan productos lácteos porque la leche les pone enfermos y no pueden tolerarla.

Cientos de estudios científicos sobre la leche describen los múltiples problemas de salud relacionados con su consumo: cólicos, irritaciones y hemorragias intestinales, diarreas, nefrosis, eczema, artritis reumatoide, anemia por falta hierro, ateroesclerosis y reacciones alérgicas en niños y adultos, infecciones como la salmonela y el temor a la infección del virus de la leucemia bovina, parecido al virus del SIDA, además de su posible conexión con la diabetes juvenil y la contaminación de la leche con sangre, bacterias y células blancas (pus) -en los EEUU hay un lírnite establecido para la sangre y pus que puede contener la leche-, y toda una variedad de productos químicos y pesticidas. Entre los niños los problemas que se manifiestan son: alergias, infecciones de las amígdalas y oído, hemorragias intestinales, asma, diarrea, enuresis, nefrosis, cólicos y diabetes juvenil. En los adultos, los problemas se centran principalmente sobre las enfermedades coronarias, artritismo, alergia, sinusitis y otros más importantes como leucemia, linfoma, cáncer (de colon, pulmón, próstata, pecho, ovarios y recto). Incluso la esclerosis múltiple, la osteoporosis y las cataratas han sido asociados con el consumo de leche.

Del mismo modo que cada especie tiene su propia composición sanguínea particular, la leche también varia según las necesidades de las distintas especies. La naturaleza ha diseñado la leche de cada especie para satisfacer sus necesidades nutritivas particulares, con un porcentaje de proteína adecuado al ritmo de crecimiento de cada especie desde el nacimiento: un conejo, por ejemplo, dobla su peso en seis días; un gato en nueve; un ternero en cuarenta y siete días, y un bebé humano en seis meses.

Debido a su limitada conservación, la leche de vaca es uno de los productos más procesados industrialmente: pasterizada o fresca, homogeneizada, esterilizada, condensada, descremada, concentrada, aromatizada, UHT, etc. La leche, además de un producto inadecuado para nuestra especie -fácilmente reemplazable por las leches vegetales-, es un cóctel concentrado de antibióticos, hormonas (estrógenos), plaguicidas y mico-toxinas, sin calidad biológica, obtenido de animales mal alimentados, estresados y más susceptibles a las enfermedades e infecciones, que son manipulados hasta el límite de su tolerancia biológica con el fin de aumentar su rendimiento.

Durante los últimos doscientos años nuestra adicción a la leche y sus derivados ha alterado tanto nuestra mente, nuestras funciones fisiológicas y nuestra salud, que la vida no se concibe sin la protección de la sanidad pública, cuya loable misión es tratar toda una serie de dolencias que no se producirían en una sociedad bien alimentada.

Para desandar el camino recorrido y comenzar a rectificar algunos errores dietéticos importantes, basados en el consumo de productos carentes de fibra que a tantos han costado la salud e incluso la vida, debemos reducir el consumo de productos lácteos hasta eliminarlos por completo, respetando y siguiendo unas reglas básicas llenas de sentido común:

Si aceptamos que somos lo que comemos y decidimos mejorar y reforzar nuestro sistema inmunológico, nuestra salud y nuestro sentido común, el veganismo es la vía ética y sana que nos libera de la dependencia irracional de los productos animales no adaptados a nuestras necesidades físicas o fisiológicas.


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