La vivisección y disección de animales: 
una atrocidad ética y científica
       
La palabra vivisección,  del latín "vivus" (vivo) y "secare" (cortar), describe todas las torturas imaginables que sufren millones de animales -por lucro, curiosidad o ignorancia- en experimentos pseudocientíficos, carentes de fiabilidad y rigor científico, realizados en los miles de laboratorios de todo el mundo que forman parte del lucrativo negocio de las industrias médicas, farmacéuticas, veterinarias, laboratorios de toxicología y cosmética, y universidades o centros de enseñanza donde -a puerta cerrada- científicos, cirujanos, químicos, psicólogos, veterinarios, y sus equipos de técnicos, asistentes y estudiantes, practican la vivisección o disección de animales al margen de la opinión pública, perpetrando -supuestamente en nombre de la ciencia, la salud, o la educación- un holocausto de increíbles proporciones.

Cada día, año tras año, cientos de millones de animales de todas las especies: ratas, ratones, gatos, perros, conejos, cerdos, cabras, ovejas, carneros, vacas, caballos, aves, pájaros, peces, primates, etc., sufren repetidamente hasta la muerte todo tipo de torturas físicas y psicológicas para determinar la supuesta inocuidad o toxicidad de nuevos productos comerciales o farmacéuticos, o simplemente para comprobar el poder letal de nuevas armas de destrucción, siendo utilizados como "modelos" en crueles e inútiles experimentos que no aportan soluciones a nuestros problemas, porque los resultados obtenidos no son científicamente extrapolables al ser humano.

Someter animales sanos a operaciones que no necesitan o criar animales con enfermedades "a la carta" para utilizarlos como "modelos" específicos para tratar de aportar soluciones a nuestros problemas de salud -aparte de una atrocidad moral- es una aberración fraudulenta -médica y científica-, porque las reacciones a los fármacos y las enfermedades o traumas inducidos violenta y artificialmente a animales de otras especies son distintas y no guardan relación con las enfermedades que se desarrollan espontáneamente en el ser humano. La práctica de la vivisección hace posible la proliferación de medicamentos y de otros productos porque son una coartada legal que permite dar una falsa sensación de seguridad al usuario, que ignora que los "nuevos" fármacos y productos de cosmética y consumo general -obtenidos para reemplazar a los que van siendo retirados cuando se manifiestan los daños o "efectos secundarios" que producen- a veces se comercializan a pesar de producir cánceres y tumores en los animales, por la falta de fiabilidad de tales experimentos.

Debido a la falta de información o desinformación existente, muchos aún creen que algunos experimentos están más justificados que otros y aunque admitan, por ejemplo, como algo frívolo y éticamente injustificable el testar productos de cosmética en animales, la influencia y el enorme poder de las grandes industrias químico-farmacéuticas impiden todavía, a una sociedad ignorante, condenar la experimentación médica, al menos desde el punto de vista científico, lo cual nos permitiría a todos los seres vivos dejar de ser tratados como "cobayas" por el sistema actual.

Un cáncer espontáneo, por ejemplo, tiene una relación íntima con el organismo que lo desarrolla, y posiblemente también con su mente, mientras que las células cancerosas que se implantan en otro organismo no tienen ninguna relación "natural" con éste. Los sistemas patológicos no pueden inventarse ni construirse -el síntoma no es la expresión de algo patológico, sino la manifestación externa de un desequilibrio interno. El hecho de que los animales estén siempre sanos antes de ser utilizados, prueba también que el propósito de los experimentos nunca es prevenir ni curar.

Las únicas pruebas científicas con un cierto grado de fiabilidad son los ensayos y estudios clínicos humanos.

Mutilar, envenenar, irradiar, quemar, congelar, inyectar, operar quirúrgicamente a seres vivos sanos -que sufren y sienten- que no necesitan ningún tipo de operación, producirles cánceres y tumores, descargas eléctricas, privarles de comer y beber, forzarles a ingerir alcohol en contra de su voluntad y su naturaleza, o inhalar el humo de tabaco -que sólo algunos seres racionales capaces de leer la advertencia de su peligrosidad se tragan voluntariamente-, son acciones claramente cuestionables y condenables porque manifiestan un alto grado de sadismo y una flagrante carencia de sensibilidad y de rigor científico, que proporcionan, sin embargo, beneficios millonarios a los fabricantes
-sin escrúpulos- de nuevos fármacos y productos tales como detergentes, limpiadores de hornos, blanqueadores, barras de labios, pasta de dientes, cremas corporales, perfumes, aditivos alimentarios e industriales, fertilizantes químicos, etc. -a menudo innecesarios y peligrosos para la salud y el medioambiente-, para satisfacer la creciente demanda de medicinas y productos, de dudosa calidad y fiabilidad, con criterios puramente lucrativos y mercantilistas.

Estos experimentos -obviamente crueles y carentes de sentido común- ponen también en serio peligro nuestra salud, debido al uso de preparados farmacéuticos considerados originalmente seguros después de ser testados en animales y comprobarse posteriormente su toxicidad. Entre los desastres terapéuticos más conocidos -que no han dejado de aumentar desde los años cincuenta- se encuentra el caso de la talidomida -un sedante introducido en Alemania, en octubre de 1957, con el nombre de "Contergan", recomendado como seguro para las madres gestantes, después de tres años de pruebas exhaustivas con animales-, creada por la compañía Chemie Grünenthal, y comercializada en 11 países occidentales, 17 de Asia y 7 de África, causó malformaciones congénitas a más de doce mil niños que nacieron con miembros sin desarrollar o carentes de ellos, y manos en forma de aletas situadas directamente sobre los hombros, con la falta de algún pulmón o con los ojos y las orejas deformes. Muchos nacieron sin vida o murieron poco después, cuando sus madres, enloquecidas por la tragedia, recurrieron al infanticidio.

El estilbestrol, un potente estrógeno u hormona sexual, utilizado para tratar el cáncer de próstata y prevenir el aborto involuntario, causó un nuevo tipo de cáncer a mujeres jóvenes cuyas madres habían sido tratadas con estrógenos sintéticos durante el embarazo. El clioquinol también ha ocasionado la muerte de miles de personas, dejando paralizadas o ciegas a otras 30.000.

El hecho de que los animales no reaccionen como nosotros a los fármacos y sean inmunes a la mayoría de las infecciones humanas como la difteria, el tifus, la fiebre escarlatina, la viruela, el cólera, la lepra, la fiebre amarilla o la plaga bubónica y otras infecciones -que como la tuberculosis se desarrollan de forma distinta en otras especies- demuestra que, pretender controlar las enfermedades humanas a través de la experimentación animal, podría parecer una locura si no supiéramos que tales prácticas son sólo un pretexto para obtener cuantiosos beneficios económicos, a pesar del daño que se inflige a los animales y a la salud de los consumidores.

Los verdaderos progresos médicos y el aumento de la esperanza de vida se han conseguido a pesar de la experimentación animal y no gracias a ella, mayormente debido a la mejora del nivel de vida y a las mejoras higiénicas, infraestructurales y sanitarias, tales como la canalización de aguas limpias y residuales (fundamental para el retroceso del cólera). La introducción de la asepsia, antisepsia, el éter, opio, curare, cocaína, morfina, el cloroformo y otras formas de anestesia que hicieron posible el renacimiento de la cirugía-, así como el termómetro, el microscopio, la bacteriología, el estetoscopio, oftalmoscopio, los rayos X, la auscultación y el microscopio electrónico -de capital importancia para la diagnosis- no tuvieron nada que ver con la vivisección, lo mismo que el desarrollo de las vacunas y la obtención de la digitalina, el estrofanto, la atropina -que se extrae de la belladona y se emplea para dilatar las pupilas de los ojos y otros usos terapéuticos-; el yodo, quinina, nitroglicerina, el radio, la penicilina, etc. Se puede afirmar que no existe un solo descubrimiento terapéutico importante debido indiscutiblemente a la vivisección; sin embargo, se pueden llenar libros enteros con los desastres terapéuticos causados indiscutiblemente por la experimentación animal.

Las industrias químico-farmacéuticas también son responsables de retrasar el progreso de la ciencia y la medicina, impidiendo o dificultando la aceptación de sustancias médicas consideradas útiles, como la penicilina -descubierta accidentalmente por el doctor Fleming-, que es mortal para las cobayas, quienes, sin embargo, pueden consumir sin problemas estricnina, que es altamente venenosa para el ser humano, pero no para los monos. El cloroformo que, al ser tan tóxico para los perros, no se utilizó como anestésico para las personas durante muchos años. La tuberculina, de Robert Koch -que llegó a considerarse una vacuna contra la tuberculosis a principio de siglo porque curaba a cobayas tuberculosas-, causa la tuberculosis al ser humano. La digitalina -extraída de una planta- fue declarada tóxica en 1911, porque a los perros en los que se probó les subía peligrosamente la tensión arterial, tardando diez años en aplicarse en las enfermedades cardíacas. Una dosis de belladona suficiente para matar una persona es inofensiva para los conejos y las cabras. El arsénico -el veneno favorito de los asesinos de antaño- pueden consumirlo las ovejas en grandes cantidades sin sufrir ningún daño, sin embargo, las almendras dulces, son mortales para zorros y pollos, como sucede con el perejil, que es un veneno para los loros. La sacarina causa cáncer de vejiga al macho de la rata, pero no a la hembra, ni tampoco a los ratones, hámsters, monos ni al ser humano, debido a una reacción de la sacarina con una proteína que sólo se encuentra en los machos de la especie. Un puercoespín puede tragarse de una vez la misma cantidad de opio que se fuma un adicto en dos semanas, junto con una cantidad de ácido prúsico suficiente para envenenar a todo un regimiento. Una pequeña cantidad de la seta amanita faloides, suficiente para acabar con toda una familia, puede consumirla sin ningún efecto negativo el conejo, uno de los animales más utilizados por los laboratorios. Algunas bayas silvestres mortales para el ser humano, son muy apreciadas por los pájaros, y el cianuro de potasio tampoco hace daño al búho. La morfina anestesia y calma al ser humano, pero causa una excitación violenta en gatos y ratones, y los perros pueden tolerar dosis veinte veces más altas que nosotros.

Si no acudimos al veterinario ni utilizamos medicinas destinadas a los animales, para tratar nuestras dolencias o enfermedades, tampoco tiene ningún sentido consumir medicamentos o productos testados en animales.

En los colegios, la biología humana se enseña con la ayuda de diagramas, vídeos y el uso de modelos ¡sin necesidad de diseccionar cadáveres humanos! del mismo modo que debe estudiarse la biología animal. La disección de animales no tiene sentido ético ni pedagógico, y pueden servir como ejemplo las medidas adoptadas en países como la Argentina, donde la resolución 1299/87, del Ministerio de Educación y Justicia, prohibía las prácticas de vivisección y disección de animales en todos los establecimientos de enseñanza. La Universidad de Buenos Aires, se sumó también, en 1993, a dicha iniciativa, reconociendo el derecho al estudio de la ciencia de la vida sin violencia, mediante métodos científicos que no implican la muerte de animales, permitiendo así a los estudiantes, por motivos éticos, morales o religiosos, optar por un programa educativo que fomenta una relación sana y pacífica con los demás seres vivos y la naturaleza, basado en la observación de animales en sus áreas naturales, la simulación por ordenadores, el estudio de modelos anatómicos y de piezas de museo, vídeos y diapositivas, los trabajos escritos y la observación de tratamientos de cirugía animal en clínicas veterinarias.

Si deseamos acabar con la tortura injusta y despiadada de los animales y superar las lacras de la experimentación animal, debemos rechazar la mentalidad viviseccionista existente y adoptar una verdadera disciplina científica no-violenta, basada en el respeto a la vida y en estudios y observaciones clínicas, cuyo objetivo sea la prevención y aplicación de las técnicas terapéuticas más adecuadas y menos invasivas en el tratamiento de las enfermedades, y no la recreación de las enfermedades en los animales.

Todos somos víctimas de la vivisección y a todos nos concierne su abolición y erradicación.


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