Unión Vegetariana Internacional (IVU)
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33º Congreso Mundial Vegetariano
Chiang Mai, Tailandia, 4 - 10 de Enero de 1999
Aspectos medioambientales del vegetarianismo: la experiencia australiana
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Ponencia de Robert Fraser, Presidente de la Sociedad Vegetariana de Australia Occidental y Secretario Regional de IVU para Australasia

Lo primero que pensé cuando me invitaron a participar en este congreso fue: ¿Por qué yo? ¿Qué podría decir que interesase a los asistentes al congreso? Pero al formar parte de un panel de oradores que trataban el tema del medio ambiente, me decidí a hablar sobre los aspectos vegetarianos de esta cuestión desde un punto de vista australiano. Mi formación inicial fue en el campo de la química, y me he interesado por los problemas de la contaminación medioambiental y su relación con la química mucho antes de considerar ser vegetariano. Creo que esta es la parte del razonamiento a favor del vegetarianismo que recibe menos publicidad de la que le correspondería.

Antes de comenzar, desearía dejar claro que no soy australiano de nacimiento y que hace relativamente poco que sigo un estilo de vida vegetariano. Así que, ¿quién soy yo para hablarles de este tema? Lo que puedo dar es mi propia opinión, respaldada por materiales e investigación proporcionados por expertos.

Como la mayoría de los países “desarrollados”, Australia cuenta con un activo movimiento de protección del medio ambiente, que abarca desde organizaciones nacionales relativamente conocidas a grupos locales más pequeños. También tenemos partidos políticos que incluyen el medio ambiente en sus programas. Todos persiguen objetivos concretos, ya sean los problemas globales causados por el efecto invernadero y la destrucción de la capa de ozono, campañas en contra de la extracción de uranio, la tala de árboles o la destrucción del bosque austral autóctono. Pero por la información de la que dispongo, muy pocos abogan específicamente por la opción vegetariana como acercamiento al movimiento medioambiental. Algunos ecologistas prefieren culpar a los demás: a grandes empresas por contaminar o producir residuos tóxicos, a los gatos asilvestrados por matar animales autóctonos, al conejo y otras especies introducidas por su contribución en la destrucción de ecosistemas naturales, o a empresas mineras por la destrucción de hábitats.

Con demasiada frecuencia (de hecho, me atrevería a afirmar, en la mayoría de las ocasiones) los activistas y defensores de estos movimientos siguen llevando una dieta tradicional australiana basada en la carne, sin tener en cuenta su coste medioambiental. Así que si realmente queremos minimizar nuestro perjudicial impacto sobre el ecosistema, debemos examinar críticamente nuestros comportamientos diarios. Y ningún comportamiento es más importante que lo que comemos.

Antes de continuar, desearía dedicar unos minutos a presentar la situación en su contexto. Australia es un extenso continente insular. Sus climas varían de fríos y templados en el sur, a cálidos y tropicales en el norte, con considerables regiones áridas y desiertos en el interior. Australia es conocida como el más seco de todos los continentes, por lo que algunos de sus ecosistemas son muy delicados. Sin embargo, el continente posee una rica fauna compuesta por especies tanto introducidas como autóctonas.

Probablemente sea el canguro la especie autóctona más conocida. Cuando los europeos llegaron a Australia, había 48 especies distintas de canguro. Es nuestro símbolo nacional y aparece en el escudo de armas australiano. Sin embargo, a muchos australianos no les supone ningún problema comer su carne. Lamentablemente, esto casi se ha convertido en un acto patriótico.

La razón esgrimida es la enorme cantidad de canguros que hay, y que si no nos los comiésemos, invadirían el país y destruirían las cosechas de los granjeros. Se trata de un razonamiento antiguo, no sólo aplicable a la situación australiana. Lamentablemente, bajo este razonamiento, los canguros y otros animales son considerados atracciones turísticas, a menudo plagas, pero siempre recursos. Si se puede sacar provecho de ellos, adelante.

últimamente se están comenzado a tomar medidas en Australia para explotar a otros animales autóctonos, como el emú. El emú es otro símbolo nacional que figura en el escudo de armas australiano junto con el canguro. Los emús son grandes aves no voladoras, que están siendo promocionadas como alimento saludable, ya que se considera que su carne es baja en colesterol, y se está vendiendo en los denominados restaurantes gourmet. E incluso se están matando camellos con fines alimentarios. Los camellos fueron introducidos en Australia durante el siglo pasado como animales de carga, pero huyeron a las regiones salvajes y ahora vagan por los espacios abiertos, sobre todo en el norte de Australia. La mayoría de las especies introducidas (ovejas, reses, caballos, burros y camellos) son animales ungulados no tan aptos para el campo seco y delicado como la fauna autóctona de suave pisada. Pisotean y revuelven la tierra y contribuyen en gran medida a la destrucción del delicado ecosistema.

No es mi intención abrumarles con una gran cantidad de estadísticas, pero consideremos sólo unas cuantas que tienen que ver específicamente con Australia. Australia tiene una superficie de casi 7,7 millones de kilómetros cuadrados, aproximadamente el mismo tamaño que Estados Unidos. Por eso les ruego que no reduzcan a Australia a una simple isla pequeña situada en algún lugar de las antípodas. Según el Anuario de Australia de 1996, aproximadamente el 60% del país figura como “agrícola”, pero sólo el 4% se cultiva, recogiendo desde ajo a patatas o trigo. Casi la mitad de nuestra tierra cultivada la ocupa el trigo, del que se exporta aproximadamente el 90%.

¿Qué ocurre entonces con el 60% restante de la superficie australiana utilizada para la agricultura? Comprende pastos sembrados y praderas. Exportamos aproximadamente la mitad de los productos de origen animal que producimos. En números redondos, para comer carne es necesario que el 30% de Australia se destine al pastoreo, ya sea en pastos naturales o sembrados. Si la totalidad de la población australiana fuese vegetariana, menos del 1% de la tierra necesitaría ser cultivada.

Australia estaba poblada originariamente por varias tribus que fueron conocidas en su conjunto por los colonizadores europeos como “aborígenes”. Los aborígenes llevaban viviendo en Australia unos cincuenta mil años y estaban íntimamente ligados a la tierra por lazos espirituales, con un gran conocimiento de los ciclos de vida animal y vegetal. La tierra les proporcionaba todo lo que necesitaban para llevar una vida saludable. Eran nómadas y aprendieron a administrar su territorio de manera que sus recursos se renovasen y no se agotasen.

Los aborígenes no eran, por lo general, vegetarianos; cazaban canguros con lanzas, pescaban o excavaban en el fango en busca de cangrejos. Sólo mataban lo que necesitaban, a diferencia de las matanzas masivas del más reciente colono blanco. Pero una gran proporción de su dieta incluía frutas y plantas que encontraban casualmente, la mayoría de ellas desconocidas incluso hoy en día para el australiano blanco medio. Al menos la mitad de los alimentos que consumían los aborígenes era de origen vegetal: tubérculos, verduras, frutas y semillas. Estos alimentos sólo estaban disponibles durante sus temporadas correspondientes, pero normalmente podían desenterrar raíces durante todo el año, porque la tierra actuaba como una despensa natural. Los alimentos esenciales se volvían a plantar.

La excavación regular de la tierra, y el clareo de los terrones debido a la recolección de plantas, acompañado de la quema para obtener fertilizante, no difiere demasiado de lo que hacemos en nuestros jardines, y el país entero era de alguna manera una jardín sagrado aborigen.

Incluso en las zonas áridas de Australia se podían encontrar este tipo de plantas. Frutos secos, semillas, frutas, tubérculos; estaban al alcance de todos, y los nativos sentían un gran respeto por su tierra y la generosidad de ésta. Desgraciadamente, informes llevados a cabo por la Asociación Médica Australiana han demostrado que los habitantes de las comunidades aborígenes remotas están renunciando a la alimentación tradicional a favor de la comida rápida, promocionada por medio de hábiles campañas publicitarias. Los refrescos, el pescado frito con patatas, los pasteles y las hamburguesas están desplazando a la caza y la recolección.

Australia fue colonizada, o invadida, según se mire, por europeos hace tan sólo unos 200 años, y no necesitaron demasiado tiempo para talar grandes extensiones de bosque, aniquilando muchas especies animales y vegetales autóctonas, y para importar reses y ovejas. En un principio, estas ovejas y reses eran “de granja”. A medida que la colonización se extendía por Australia oriental a partir de 1830, el número de ovejas aumentó por encima de los 100 millones en 1890, una cifra que nunca se ha vuelto a alcanzar. Debido a un prolongado período de sequía iniciado en 1895 y a la caída en picado de los precios de la lana, el número de ovejas descendió a menos de 50 millones en 1903.

El ganado ovino se comportaba como cualquier otro herbívoro que ocupase un territorio vacío pero favorable. En estas circunstancias, el crecimiento del ganado ovino invasor supera los recursos, dando lugar a un impacto poblacional, de graves consecuencias para la vegetación autóctona y para la fauna autóctona que dependía de ella para sobrevivir. De hecho, se considera que la vegetación de aproximadamente 190 millones de hectáreas de tierra australiana está degradada, debido, en gran medida, a que las reses y ovejas pastan en tierras áridas no aptas para animales europeos de patas pequeñas.

El crecimiento del ganado ovino en Australia se vio potenciado por la conversión sistemática de sabana en pastos. Pero a medida que el ganado ovino seguía aumentando, los pastos más agradables fueron consumidos en su totalidad y aumentó el número de arbustos leñosos y árboles jóvenes de difícil digestión. Esta secuencia de cambio ecológico tuvo profundos efectos sobre la tierra a largo plazo. El pastoreo ovino excesivo de hace 100 años afecta todavía hoy en día a la regeneración vegetal. La alteración de los hábitats fue, además, el principal desencadenante de la extinción de pequeños marsupiales de las praderas y los bosques secos. Grandes extensiones de tierra han quedado casi inservibles debido a la contaminación salina.

Parece probable que estos intensos cambios permitiesen además la proliferación del conejo (una especie introducida para el deporte de la caza, así como para la alimentación) por toda Australia entre 1870 y 1'0. De ser así, el conejo sería parte de la respuesta, más que la causa, del descenso de la productividad. Todavía se pueden ver ovejas y reses pastando en los prados de todo el país, pero esto está siendo sustituido por la producción ganadera intensiva, que ya es lo más usual en el caso de cerdos y gallinas.

Las cifras del ingente derroche de recursos mundiales destinados a la alimentación (tierra, agua y energía) por parte de la explotación ganadera intensiva son suficientemente conocidos y no es mi intención detenerme excesivamente en este tema. Encontré estas estadísticas por primera vez hace varios años en el libro de Jon Wynne-Tyson "Food for a Future" (Alimentos para el futuro), y ya son lo suficientemente conocidas.

Si se busca a los principales culpables de la destrucción del medio ambiente australiano, no hace falta sino dirigirse a un supermercado local y observar a la gente que compra carne de vaca y cordero. Los que quieren carne y al precio más económico posible son la verdadera e involuntaria causa de la destrucción medioambiental.

¿Cuántos habitantes tiene Australia? ¿Cuántos debería tener? ¿Cuántos puede soportar el excepcional medio ambiente australiano? En el congreso de la Asociación de Australia y Nueva Zelanda para el Avance Científico (ANZAAS) de 1996, destacados científicos sostuvieron que la población australiana actual de cerca de 15 millones de personas ya estaba consumiendo casi todos los recursos disponibles. Predijeron un descenso inevitable en la calidad de vida a medida que una creciente población compitiese por unos recursos cada vez más escasos. Personalmente creo que menos carne constituye un aumento en la calidad de vida, pero su mensaje era claro. Es un mensaje divulgado en todo el mundo desde hace tiempo. El planeta está superpoblado y las tensiones medioambientales son realmente evidentes. Se pueden ver en los conflictos pesqueros y en los genocidios, en las disputas por los recursos hídricos, en los éxodos masivos de refugiados.

Es fácil dar la espalda en Australia a los síntomas de la superpoblación mundial que se hacen evidentes día a día. Pero están ahí. Es obvio que deben producirse cambios, y el paso hacia el vegetarianismo es un cambio efectivo.

Los 26 millones de reses y los 120 millones de ovejas australianas representan una pesada carga medioambiental para el país. Además, superan en número a la población humana en una proporción aproximada de 16:1, en comparación con alrededor de 5:1 en la mayoría de los países. En Australia, el ganado vacuno alcanzó su punto máximo en 1976 con 33,4 millones. La sequía de principios de los 80 redujo la población pero ha vuelto a crecer a un ritmo constante desde 1989 hasta llegar a su nivel actual. Es obvio que las industrias de ganado vacuno y ovino australianas se están convirtiendo en un desastre medioambiental.

Y lo mismo ocurre con la industria porcina, constituida actualmente por unos 2,7 millones de cerdos. Producen cerca de 14.000 toneladas de estiércol al día. Y esto a una escala relativamente pequeña en comparación con otros países. En Holanda, a finales de los 80, se calculó que las industrias ganaderas intensivas producían 94 millones de toneladas de estiércol al año, pero sólo podían utilizar de forma segura 50 millones como fertilizante. Y tan sólo un estado norteamericano, Carolina del Norte, tiene una población porcina de 10 millones de cerdos, que producen 19 millones de toneladas de deshechos al año. Esto representa 52.000 toneladas diarias que deben reciclarse o eliminarse.

Me gustaría ofrecer un ejemplo objetivo de la manera en que la industria porcina afecta directamente al medio ambiente. No lejos de Perth, donde vivo, un canal interior que desemboca en el Océano índico fue declarado recientemente zona catastrófica medioambiental. Se conoce como la Ensenada Peel-Harvey, y sufría un serio problema de proliferación de algas. Esto se produce cuando nutrientes orgánicos excesivamente ricos acaban en el sistema fluvial.

La Ensenada Peel, el Estuario Harvey y los lagos cercanos son de tal importancia que en 1990 fueron incluidos entre los Humedales de Importancia Internacional. Hace casi un siglo, los lugareños advertían que se estaban produciendo cambios potencialmente dañinos en el estuario más grande de la costa occidental australiana como resultado de la cambiante actividad humana.

Hace unos 20 años, se contabilizó que 150.000 aves utilizaban estos humedales. Entre ellas se incluían 67 especies diferentes de patos, cisnes, zancudas y otras aves. Se trata de un lugar de descanso muy importante para muchas de ellas, ya que recorren enormes distancias alrededor del mundo en sus migraciones. En sus aguas también habita un elevado número de peces, cangrejos y camarones.

A principios de los 80 los científicos describían Peel-Harvey como casi yermo biológicamente. ¿Por qué? El área rural que se encuentra al este de esta zona cuenta con muchas granjas lecheras y porcinas. La concentración de actividades humanas, sobre todo de granjas lecheras y porcinas, es la causa del aumento de nutrientes en los humedales. Varias tuberías de desagüe acaban en sus aguas, de modo que los productos de desecho de los animales llegan a éstas. El agua de este sistema de humedales llegaba al mar de forma natural a través del estrecho estuario, pero el lodo lo obstruía con frecuencia, y los nutrientes (sobre todo fosfatos) aumentaban, produciendo un cambio en el equilibrio de los seres vivos acuáticos.

El nitrógeno y el fósforo se utilizan como fertilizantes, pero en cantidades excesivas pueden contaminar el agua y el aire. Cuando estas sustancias acaban donde no deberían en concentraciones elevadas, estimulan un crecimiento de algas que tiene como resultado “niveles bajos de oxígeno disuelto” (i.e., le roba oxígeno al agua). El poco oxígeno disuelto puede acabar con la vida de peces y otros seres vivos acuáticos. Los organismos que más se beneficiarían serían las algas, en especial la venenosa alga verde-azulada conocida como Nodularia. Han aumentado los casos de enormes proliferaciones de algas durante los últimos 25 años, lo cual causa muchos problemas. A medida que la cantidad ingente de algas disminuye, va obteniendo la mayor parte del oxígeno de los sedimentos. Esto priva de alimento a muchos otros animales y plantas y altera la cadena alimentaria normal. La Nodularia representa un riesgo para la salud de las personas que trabajan o juegan en el agua, provocando sarpullidos intensos o consecuencias más graves. Otros animales también pueden verse seriamente perjudicados.

Las soluciones al problema de la proliferación de algas son las que evitan que los nutrientes lleguen al agua, y las que ayudan a eliminarlos del sistema. Un vegetariano preferiría el primer enfoque del problema, es decir, frenar la fuente de la contaminación. Pero los granjeros locales aseguraron que no podrían reducir fácilmente los materiales que provocan los problemas.

Por lo que el gobierno de Australia Occidental se decantó por el segundo enfoque del problema. Se han tomado muchas medidas para mejorar el desagüe de los humedales.

Se construyó un canal, conocido localmente como el "Dawesville Cut", que empezó a funcionar en enero de 1995. Se trata de un canal excavado en la tierra para proporcionar una conexión directa entre la laguna interior y el océano. Tiene entre 130 y 200 metros de ancho, 2,5 km de largo y su profundidad oscila entre 4,5 y 6,5 metros. Se extiende durante un buen trecho océano adentro y sigue un curso del río hacia el mar de miles de años de antigüedad.

Desde que el canal ha entrado en funcionamiento, el nivel de las mareas en el estuario sube y baja aproximadamente tres o cuatro veces más. Ahora el estuario necesita un 50% menos de tiempo para desaguar. El tiempo dirá si esta solución es suficiente y apropiada para el futuro de los humedales del estuario Peel-Harvey.

Por la información de la que dispongo, no se han paralizado los vertidos procedentes de las granjas lecheras y porcinas locales. El gobierno actual desea evitar la oposición de los granjeros, que cuentan con un poderoso grupo de presión en Australia, como ocurre sin duda en los demás países.

Hace tan sólo unas semanas, el Ministro de Estado para los Recursos Hídricos hizo públicos los resultados de un importante estudio acerca de la ecología de la zona. Este informe llegaba a la conclusión de que entre los efectos del proyecto figuraban el aumento de las poblaciones de peces, la desaparición de las algas y la mejora del desagüe de las mareas. Sin embargo, también se habían producido efectos negativos. Habían aumentado las poblaciones de mosquitos, lo cual se está contrarrestando mediante fumigación. Además, los hábitats de las aves se han visto afectados, sobre todo en el caso del pelícano y el cisne negro, que son el símbolo de Australia Occidental. Un efecto que ya se puede sentir es que el aumento de los movimientos del agua está provocando que los peces pequeños sean empujados hacia el océano, y esto, acompañado por el aumento de la utilización de embarcaciones y por la industria del turismo, está causando el desplazamiento de las aves locales a otros sitios en busca de refugios tranquilos.

Las aguas subterráneas también pueden verse contaminadas por un uso excesivo de fertilizantes en los campo de cultivo. Una reciente publicación acerca de la calidad del agua ha reparado en el ingente número de ensayos sobre fertilizantes realizados en toda Australia que demuestran la mejora del rendimiento mediante el uso de los mismos, pero estos ensayos ni miden ni mencionan los problemas de la contaminación. Mi interpretación es simple. Los propietarios de granjas porcinas (y los de las explotaciones intensivas en general) se están esforzando en crear un mercado para sus desechos, posiblemente sin realizar pruebas adecuadas acerca de su seguridad. Es lógico. Su producto principal (la carne) representa un riesgo para la salud cuando se toma en dosis normales. Su producto secundario (los desechos) se comportarán del mismo modo.

Como resumen me gustaría mencionar un concepto conocido como “Agenda 21 local”. Mi esposa, Gina, que trabaja como urbanista en el gobierno local, me habló de esto recientemente, de hecho, pocos días antes de que abandonásemos Perth para asistir a este congreso. Se trata de un proceso que pretende implicar a las personas y comunidades locales en un modo de vida que proteja la calidad de vida de las generaciones futuras. Tiene su origen en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992, que dio lugar al acuerdo del documento Agenda 21 que exponía en detalle una serie de estrategias para la acción mundial. El proceso tiene como objetivo integrar los aspectos sociales, medioambientales y económicos del desarrollo con el fin de que todo desarrollo futuro sea sostenible a nivel de gobierno local, y nos exige a todos que consideremos los efectos (sobre la economía, el medio ambiente y la comunidad locales) de cada medida y proyecto, y a partir de ahí busquemos una solución que obtenga un equilibrio realista. Quizás sea este un futuro propósito de IVU y sus sociedades miembros: alentar a nuestros gobiernos locales para que consideren los efectos sobre el medio ambiente de las industrias cárnicas a las que por lo general fomentan en nombre de la promoción del empleo y la industria.

Traducido por Paula Piñeiro