Unión Vegetariana Internacional (IVU)
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Vegetarianismo:
Un imperativo ético y ecológico

Conferencia de Francisco Martín en Tailandia e India
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La agresión, competitividad y el materialismo de la vida moderna, así como su carencia de valores éticos y espirituales, han causado daños no sólo a nuestra salud sino también a nuestro medio ambiente. Nuestras vidas y placeres se están volviendo tan artificiales y carentes de sentido como nuestras relaciones sociales y nuestro alimento, porque rehusamos a reconocer que para mantener una mente sana y un cuerpo saludable debemos rechazar todo alimento animal. Mas aún, la producción de estos alimentos es una amenaza creciente para toda estructura de vida en este planeta, ya que daña los complejos y delicados sistemas biológicos de los que toda vida depende y de los que nosotros también dependemos para nuestro sustento y bienestar físico y mental.

[pic: panda]

El creciente número de desastres ambientales y las constantes atrocidades éticas y ecológicas cometidas contra los animales, los humanos y la naturaleza son una clara evidencia de que el sistema de creencias comúnmente aceptado, basado en la explotación ilimitada de los organismos vivientes y su entorno, no sólo está moralmente mal sino que es físicamente insostenible. Esto nos llama a una acción determinada e inmediata para detener la destrucción masiva de vida y hábitat que está envenenando la tierra, el aire, y el agua, que está trastornando la armonía de los ecosistemas naturales que amenaza la supervivencia misma de todas las comunidades humanas.

El aire fresco y los alimentos ricos en fibra son tan esenciales para nuestra salud y bienestar como la necesidad de amar, ser amados y ser aceptados por nuestros semejantes. Sólo podremos disfrutar completamente de la vida si desarrollamos nuestro potencial humano y alimentamos nuestras mentes y cuerpos con lo necesario para satisfacer todas nuestras necesidades fisiológicas y espirituales. Debemos asegurar las condiciones ambientales justas para que la vida en este planeta prospere y evolucione, sin obstáculos como la interferencia masiva, contaminación y destrucción, que actualmente son causados por la conducta anormal y depredadora del humano.

Las divisiones irracionales basadas en la nacionalidad, raza, especie o religión causan un sin fin de violencia y conflictos que tradicionalmente han servido de excusa para deshumanizar, satanizar o clasificar arbitrariamente a los seres sensibles como amigo o enemigo, camarada o paria, comestible o no comestible, y en este parámetro otorgarles o privarles de respeto, estatus social y hasta de la vida misma. Dependiendo de si son considerados como amigos, enemigos o esclavos, humanos y no humanos, pueden ser respetados y amados, matados y comidos, intercambiados o descartados. Toda su existencia puede ser categorizada a su antojo, como única y preciosa o sin valor y sin sentido según los conceptos irracionales de la guerra o del cruel abuso implicado en la éticamente absurda y fisiológicamente anormal explotación de los animales para alimento y para la miríada de productos innecesarios y dañinos a la salud obtenidos del sinnúmero de víctimas que sufren y mueren como resultado de la crueldad y avaricia humana.

Sin embargo, aún para el caníbal, la matanza requiere de alguna forma de dispensa religiosa o justificación. La víctima es categorizada como poco menos que humana, sucia, sin valor o de estatus social inferior. Por lo que es claro que la matanza no es un acto humano natural y originalmente debió haber sido una aberración traumática tanto para nuestra especie como para cualquier otro animal carnívoro.

Un creciente número de especies nuevas, exóticas e inclusive genéticamente alteradas están siendo explotadas actualmente, con la ganancia como factor principal. La última moda en occidente es la crianza de avestruces. Su carne y plumas son ofrecidas para tentar los apetitos depravados y demandas frívolas de los consumidores ignorantes e insensibles. La total indiferencia por el bienestar de estos seres sensibles y hermosos demuestran el inexorable deterioro en los valores éticos que degradan la vida humana reduciendo al mundo que nos rodea a un matadero y un basurero.

Cuando la vida es considerada como un producto a comerciar de acuerdo con las fuerzas del mercado, el resultado inevitable es la esclavitud humana. Los adultos y los niños son explotados para satisfacer el mismo mercado internacional que demanda la exterminación de especies enteras como el tigre, el elefante, y el rinoceronte para alimentar el comercio con pedazos de animales muertos que los ignorantes y crédulos son estimulados a dotar con propiedades medicinales imaginarias. En términos humanos, es imposible justificar, ya sea ética o fisiológicamente, la dependencia irracional de la matanza de otros seres para satisfacer los caprichos culinarios de los humanos, ya que ni nuestras mentes ni nuestros cuerpos están adaptados para consumir los restos podridos de los animales masacrados.

Como nosotros, las víctimas de estas matanzas sufren las vicisitudes de la vida y la incertidumbre de la muerte, pero sus vidas no son valoradas por aquellos que no pueden comprender el significado del amor o del respeto por la vida. Por lo tanto, miles de millones de seres sensibles son explotados sin motivo, viviendo y muriendo con temor y miserablemente mientras sus crueles e insensibles ejecutores los preparan para acabar como un producto insalubre para el consumidor, consumidor que prefiere sacrificar su salud y bienestar espiritual para depender de la explotación y muerte de otros, en lugar de disfrutar de buena salud y felicidad mientras defiende el derecho de vida y felicidad de todas las otras criaturas sin hacer distinciones ridículas basadas en la raza, credo o especie.

Para terminar con tanta ignorancia y avaricia, para frenar la locura del bioicidio de otras especies, para preservar la compleja biodiversidad de los bosques tropicales y otros ecosistemas amenazados y para estar en paz con la nuestra y otras especies, debemos apartarnos de nuestro camino actual, que amenaza con destruir no sólo a nosotros mismos sino a todo el planeta y a todos con quienes lo compartimos. Para recobrar nuestro sentido de respeto y compasión, debemos liberarnos del ambiente de egoísmo, de la indiferencia al sufrimiento que distorsiona nuestro verdadero potencial humano, que nos ciega a las crueldades innecesariamente infligidas a un sinnúmero de seres vivientes, de la miseria humana y violencia que proviene de nuestra conducta como falsos e impenitentes depredadores.

Si respetamos la habilidad de la tierra para alimentar a todos los humanos con plantas y frutas diseñadas para nuestro cuerpo, podemos prescindir de la deforestación, desertificación y por consiguiente de la hambruna y guerras territoriales. Si respetamos el derecho de vida y felicidad de todos los habitantes del mundo, humanos y no humanos, debemos prescindir de la esclavitud y de las obscenas matanzas en los mataderos. Entonces y sólo entonces, recobraremos el respeto a nosotros mismos, nuestra compasión y nuestro legítimo lugar en el esquema de las cosas.


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