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Cuando lo que comes se convierte en tu identidad y tu identidad se convierte en lo que comes
por Claude Pasquini
IVU News - Octubre 2000

Somos lo que comemos. ¿Cuántos de nosotros pasamos por alto este hecho sin ni siquiera pararnos a reflexionar sobre la esencia de su verdad, si es que acaso la tiene?

Nosotros no sabemos lo que los animales, cuando comen, piensan de la comida; de la misma forma, desconocemos lo que nuestros ancestros, hace cientos, miles o millones de años, pensaban acerca de ello.
Podemos suponer que tradicionalmente el alimento ha sido considerado como algo puramente físico, algo que obtenemos de la naturaleza, ingerimos, transformamos y convertimos en compuestos para el organismo. Por lo tanto, lo que comemos es de vital importancia para nuestro crecimiento y desarrollo físico. Incluso nuestro crecimiento embrionario depende de la calidad (y cantidad, por supuesto) del alimento que nuestras madres nos suministran a través de la sangre; alimento que al fin y al cabo obtienen del medio que las rodea. Poco sabemos acerca del papel que desempeña la nutrición sobre el esperma y el óvulo de nuestros progenitores y, por lo tanto, sobre nuestra constitución genética.

Sin embargo, si todo lo que comemos influye sobre nuestro organismo, ¿acaso no podrían nuestros sentimientos y pensamientos forjarse en función de la calidad de nuestra dieta? Por supuesto, nuestra identidad no viene determinada únicamente por la alimentación: el contexto sociocultural en el cual nacemos influye asimismo en nuestro desarrollo personal. De nuevo, el tipo de comida y los hábitos alimentarios que se dan en cada cultura son muy marcados. Esto puede apreciarse con mayor claridad en los casos en los que las personas han de desarrollarse en una sociedad donde domina el hábito de comer carne -una tendencia que además juega un papel fundamental en el proceso de socialización, de mutua aceptación y de reconocimiento social.

Desde el momento en que pisamos tierra, la obtención de alimento se convierte en nuestra primera preocupación. De pequeños dependemos de alguien que nos proporcione comida. De hecho, durante nuestra niñez, nunca comemos solos. En un futuro no muy lejano, la leche de vaca (destinada en principio a becerros, ¿pero eso a quién le importa?) sustituirá a la leche materna y pequeños trozos de carne se introducirán en la dieta del bebé. Según va creciendo el niño, los trocitos de carne se convierten en filetes. Así, desde bien temprano, el condicionamiento cultural se abre camino a través del estómago.

Y mientras los nuevos habitantes de la tierra se convierten en perfectos miembros de una cultura basada en la carne, puede que ocasionalmente se pregunten acerca de cuán perjudiciales resultan los efectos que sobre la salud tienen sus hábitos alimentarios. No obstante, poco se preocuparán por reflexionar sobre los aspectos éticos de haber transformado la tierra en un gigantesco matadero donde cientos de millones de animales son asesinados cada año para satisfacer el exquisito y delicado paladar humano. De la misma forma, la ideología de la carne no está dispuesta a afrontar el enorme gasto de terreno, energía y recursos naturales que concomitan la producción industrial de carne y de una mentalidad de cadena de montaje.

Aún así siempre ha habido gente que, por diversas razones y de forma incondicional, está en contra del sacrosanto principio del culto carnívoro. Estas personas persiguen una identidad correcta y significativa que, desde un punto de vista ético y ecológico, se fundamente sobre la conciencia del origen de los alimentos y la compasión por todos los seres vivos.
Si la ética y la compasión son el arte de convivir con los seres humanos y no humanos sin perjudicarles, la dignidad es entonces su más hermosa y noble consecuencia. La dignidad se convertirá así en una obra de arte que cada uno será capaz de crear por sí mismo, una obra de arte que se transformará en nuestra identidad, en nuestro alimento.


Claude Pasquini es el Coordinador de IVU para Europa y miembro del Consejo de IVU

Traducido por Carla Blanes


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