Unión Vegetariana Internacional (IVU)
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La «última palabra» a propósito de la carne
de Schweizerische Vereinigung für Vegetarismus (SVV)

Me hice vegetariano a la edad de 16 años como consecuencia de un hecho fuera de lo común que influenciaría profundamente mi vida para siempre. Ya me había venido anteriormente a la mente que algo no funcionaba en el hecho de comer carne. Pero todavía no se trataba de una idea que permaneciera en el estado del pensamiento, lo que hacía que no hubiese acometido nada para poner esta idea en ejecución. Después, durante un verano en que, junto con otros jóvenes, participaba en un campamento, y que, sentado entre ellos alrededor de una mesa, me preparaba para comer una jugosa hamburguesa, la niña pequeña sentada a mi lado (era vegetariana, pero yo en ese momento no lo sabía todavía) nos miró a mi y a mi hamburguesa, con una expresión de disgusto e incomprensión, y me dijo:

«Mike, ¿verdaderamente te vas a comer eso?»
«Eh, sí», respondí.
«Pero, es un animal muerto.»
Me volví hacia ella dándome cuenta plenamente de lo que decía. Era verdad, había un animal muerto en mi plato. La forma en que ella expresó su sentimiento golpeó profundamente mi conciencia. No intentó convencerme de que era un error comer carne. No utilizó ningún argumento para hacérmelo comprender. Simplemente fue honesta y franca.

«Mike, ¿verdaderamente te vas a comer un animal muerto?». Estas palabras continuaban resonando en mi cabeza. Yo había tenido un comportamiento que ella no esperaba de mi parte, ¡cuando la proporción de vegetarianos en nuestro grupo era prácticamente nula!.

Ahora os preguntáis si por lo menos me comí la hamburguesa ese día. ¡Evidentemente no!. Tampoco comí carne durante el mes siguiente. Me había vuelto vegetariano sin saber incluso como uno se hace vegetariano. Esta es la razón por la que tuve algunos problemas, y al cabo de un mes, comencé a comer carne de nuevo. Felizmente, encontré algunos libros sobre vegetarianismo que me ayudaron a dar el paso final. Después la carne salió completamente de mi vida.

Los acontecimientos son algunas veces muy extraños. Esta pequeña niña vegetariana parece haber aparecido en mi vida en el momento justo. Como si ella hubiera sabido que yo ya había pensado en ello, que yo había caminado más lejos en esa dirección que los otros jóvenes de mi alrededor, que por su parte, continuaron ingiriendo animales muertos cada día sin cuidado. Esto ocurrió hace quince años.

Desde entonces he aprendido mucho sobre el vegetarianismo. He aprendido muchas cosas sobre la salud y el medio ambiente en relación con el vegetarianismo. He conocido a todos los tipos de vegetariano, desde los apóstoles de la salud que piensan que el caldo de buey y la gelatina son aceptables, hasta los vegetarianos veganos que militan en favor de los derechos de los animales y que vierten cemento en los aseos de los McDonald’s. En un cierto momento, opté por el vegetarianismo crudívoro, que permite llegar efectivamente a la sanación individual y al despertar planetario.

Cuando me preguntan por qué soy vegetariano, sé que tengo mucho que decir. Podría explicar tantas cosas acerca del sufrimiento de los animales, cuánto son maltratados los cerdos, los pollos, las vacas. Sobre la locura de las factorías de animales, sobre la dureza de los mataderos. O incluso sobre la tala de árboles en América del Sur, o la contaminación producida por la producción intensiva de carne. Y sobre el despilfarro de los recursos hídricos. Podría también hablar de las enfermedades cardíacas, de las arterias obstruídas y del cáncer de colon. Podría hablar largamente sobre los residuos de hormonas y de pesticidas y sobre todas las cuestiones de salud ligadas al consumo de carne. Sin embargo, la única cosa que puedo decir que sea evidente es: «¡No se come un animal muerto!». Eso simplemente no se hace.

Esa niña pequeña que se cruzó en mi camino hace quince años no me habló de los bosques tropicales. Ni del colesterol, ni de nada de todo eso. Ella simplemente hizo valer que allí, en mi plato, había un animal muerto. Con lo que ahora sé debería más bien decir el cadáver quemado de un animal enfermo que ha sido sacrificado. Pues la carne es verdaderamente eso. La muerte.

Y sin embargo las personas permanecen en la incertidumbre acerca del vegetarianismo. Los hay que son vegetarianos durante varios años, y después vuelven a comer carne. Eso es que las mentiras de la sociedad carnívora no han sido completamente expurgadas en lo más profundo de su subconsciente. ¿Se podría decir que en el fondo de nosotros mismos experimentamos a la vez ese disgusto extremo hacia el hecho de matar seres sensibles y el sentimiento de ser parcialmente carnívoros? No lo creo.

Numerosos vegetarianos veganos no comen carne por razones éticas pero parecen sin embargo creer que es difícil de encontrar en otros alimentos los nutrientes contenidos en la carne. Están tan convencidos de que su cuerpo tiene necesidad de la carne que en un momento dado, como consecuencia de estos sentimientos de miedo y duda, efectivamente padecen carencias (sin mencionar la abominable nutrición cocinada a la cual están fielmente ligados).

Estoy sorprendido, después de todos estos años de vegetarianismo, de ver cómo esta sociedad carnívora ha conseguido, generación tras generación, imprimir profundamente la creencia en la necesidad de la carne. Incluso los vegetarianos (incluidos los crudívoros) caen en la trampa de todas estas mentiras.

Para mí no hay más que una respuesta a este sin-sentido: No se come un animal muerto. Es un error hacerlo. Punto.

Mike Petrucci

Este artículo ha sido extraído del periódico vegetariano crudívoro «Just eat an Apple» (Simplemente comed una manzana).