Asociación Vegetariana CanariaPASIFLORA |
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(Artículo reproducido en Salud Natural y Ecología de otoño de 1997, escrito por el Dr. Miguel A. Baret Daniel y publicado en la revista Menssana de Venezuela.) Para muchas personas interesadas en el cambio de dieta como una alternativa e iniciativa en pro de una mejor salud, el consumo de alimentos de origen vegetal acompañados de pescado u otro marisco resulta una opción bastante compensatoria. A esta modalidad alimentaria se le conoce como dieta “pesco-vegetariana”. Lo cierto es que quienes la practican –sobre el supuesto de que se trata de una de las variantes válidas del vegetarianismo-, lo hacen sobre la dudosa premisa de que el consumo de pescado ayuda a completar las deficiencias que por defecto engendra un régimen estrictamente vegetariano. Las grasas, carbohidratos, proteínas y los otros nutrientes presentes en el tejido animal, están químicamente configurados de una manera tan distinta a la de los seres humanos que, en términos de utilización, por parte del organismo, no se corresponden. Lo que significa que a fin de poderlos integrar a su economía biológica, el organismo debe “convertirlos” en material químicamente manejable por el metabolismo en general. Naturalmente, ese proceso de “conversión” no es tan simple como parece... Esa “conversión” no es más que un proceso de adaptación en el que el cuerpo sale perdiendo bioenergéticamente hablando. Y en la práctica, los nutrientes que podrían derivarse de la digestión de alimentos de origen animal resultan tóxicos para el organismo. Extrapolando estos principios al consumo de pescado tenemos, por ejemplo, que la vitamina E presente en su carne es de difícil asimilación debido a que ésta aparece en un formato químico muy parecido a los fenoles, tanto en su composición molecular como en sus efectos. Se sabe que la vitamina E del pescado está contenida en el tejido graso del mismo. Este tejido, rico en ácido graso omega-3 y muy pobre en omega-6, presenta el inconveniente de que se torna rancio con mucha facilidad. De hecho, ha sido esta particularidad la que más objeción ha despertado contra su consumo en nutricionistas modernos de vanguardia. En un medio tan caliente, ácido y húmedo como el que presenta el estómago, la carne de pescado se deteriora o descompone con mucha más facilidad que el resto de las carnes. Su digestión es ciertamente más lenta, y su potencial tóxico es definitivamente mucho más elevado que el resto de las carnes. Los compuestos químicos parecidos a los fenoles que hasta ahora se han encontrado en el tejido del pescado, constituyen poderosos neurotóxicos con efectos muy agresivos para la salud. Estas toxinas invaden el sistema nervioso comportando una actividad depletiva del zinc y del silicio de los nervios. Como toda otra carne, el pescado posee la característica de demorar hasta 6 horas la digestión. La fermentación y putrefacción que le sigue son del todo inevitables. Sus ácidos grasos son en un 83% saturados, y posee la mala virtud de acumular en su tejido graso una enorme cantidad de tóxicos adquiridos en las márgenes de los ríos infectados de contaminantes químicos y residuos industriales, y una interminable variedad de metales pesados y subproductos químicos lanzados al mar en todo el mundo. En fin, los perjuicios que se derivan del consumo del pescado son mayores que los beneficios relativos que puedan derivarse del mismo. Muchos justifican su consumo sobre la base de que obtienen suficiente omega-3 como para proteger sus arterias y corazón. Pero la naturaleza no ha creado el nutriente milagroso aún. Si el omega-3 no se combina con el omega-6 y otros ácidos grasos polinsaturados específicos, se pierde el efecto de la acción sinergética, y por consiguiente terapéutica, de los mismos. Se corre además el peligro de afectar el ciclo de producción de prostaglandinas en las personas que lo consumen con cierta frecuencia, lo cual puede resultar negativo para la salud de los órganos sexuales. Evitando el consumo de pescado disminuimos con ello el riesgo de contraer alergias, gastroenteritis, cuadros tóxicos y desórdenes metabólicos. Dr. Miguel A. Baret Daniel
Mantenido por David Román -
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